Lo sabes.

Me hace gracia que los utilicen;

mis escritos, mis poemas, nuestras fotos y canciones.

Se las dedican, entre ellos,

y les aportan ese «qué se yo»

que me hace pensar en la ingenuidad

de sus intenciones.

 

Intención de contarse historias,

involucrarse, seducirse, hacerlo suyo,

cuando realmente es nuestro;

aquí y ahora, allí y después.

Tuyos y míos. Más míos que tuyos,

pero tuyos más que de nadie.

 

Y se lo creen, se meten en el papel,

algunos de los que escriben, otros de los que leen,

esperando ser inspiración

que propicie esa unión de palabras.

Lo piensan, piensan que se puede clavar,

con exactitud, lo que les recorre,

cuando es otra persona la que lo ha sentido así.

 

Y no, no hay dos caricias iguales,

dos sonrisas equiparables a las nuestras, distantemente juntas,

ni dos miradas que puedan cruzarse con la misma intensidad.

Nunca sabrán la connotación de cada palabra,

lo que se esconde tras ellas, las dobles y triples intenciones.

Esas cosas nuestras, que solo se descubren entre líneas.

 

No hay dos que escriban como yo,

ni inspiraciones comparables a ti,  cuando estabas,

a nosotros, cuando éramos,

a los recuerdos que quedan y no se borran;

no alguien que me lea como tú sabías leerme a mí.

 

No hay nadie que se reencuentre como nosotros,

rodeados de silencios, que luego se escriben solos.

Y lo sabes, y yo no lo olvido.