Tiene eso.

Ella tiene eso en la mirada.

Que enturbia, que ensucia. Que descoloca y reordena.

Te invaden las ganas de huir,

mientras estás acercándote para ver que sigue.

Pulveriza los récords anteriores,

deja desbancadas tus premoniciones.

Tus anteriores veces.

Destruye, y reconstruye.

Te desliza al interior, y te revuelve el alma.

Despierta los letargos, condena la pasividad.

Te hace voraz, y te rindes ante el descontrol.

Es esa clase de miradas que se clavan,

que dicen lo que quieren, cuando quieren.

Que se llenan de intenciones, con solo una pasada.

De las que estas deseando cruzar y quedar en el medio,

para no salirte del objetivo.

Esas que te convierten en depredador,

Que ataca antes de preguntar.

Encarcelada.

Me he sentido encarcelada, tantas veces, en mi palacio de cristal, que aún con la libertad hablando sobre la nuca temo que sea ella la prisionera. Loba herida, bestia perdida. Me he lamido las heridas, y he recorrido kilómetros hacia ninguna parte para no encontrar nada. Me marché hace tiempo, y aun sabiendo que las huellas se difuminan, he ido tras las torrenciales lluvias para atravesarlas. He querido dormir empapada, calándome los sueños, para no renegociar en seco. He sido dueña de mis pensamientos, y esclava de las palabras que hirieron la superficie. He arañado con premeditación y alevosía lo que se ponía por delante. Me he buscado complaciendo mi interior, por creer en imposibles que dejan urdidas las marcas de sus afilados dientes. He aullado a plena luna llena, a veces de placer, otras por supervivencia, algunas por salvación, escuchando el eco del desgarro. Provocando el enfrentamiento, viéndome de cara con la rivalidad; buscándola. Haciéndome partícipe de la confrontación, del sentirse vencedor y vencido. Pero los adversarios se acaban y solo queda dar la vuelta para comprobar que las pisadas siguieran borrándose, tras de mí. Emprender camino, a ninguna parte.

Puzles.

Sigo entrando en mi mente para comprobar los desastres que la recorren. Buscando cada una de las piezas de puzles incompletos, que no se dejan formar. Que se escurren entre los dedos. Que se mezclan con oscuridad. Creo mosaicos mentales que den explicación a algo. Me ato las heridas, y las pego entre sí. Las emborracho de fantasía para recordarme que aún hay algo que funciona. Que en alguna parte esto es arte y no pura mierda. Pongo a cubierto a la incertidumbre, para recordarle que será a la única que salvaré cuando todo acabe. Porque es lo único que no ha desplomado la verdad. Y me digo que esta vez sí, que esta vez lo sabré, que me haré de metal, que me fundiré con el calor solo cuando quiera quedarme. Y no querré.

Reencuentro.

Desconocía el poder de una llamada. No tenía constancia de que se desbancaran pormenores, se volvieran a despertar inquietudes y se avivara lo que parecía frustrado; sin salida. Pero fue suficiente con irse por la tangente, de mis piernas, digo. A través de palabras que se turnaban con los reproches, haciendo de ellos instrucciones que seguir. No fue mi intención, quedarme callada cuando debería haber hablado, hablar cuando me pedías que callara. Solo es que yo en esto de jugar no sé hacer más que ganar, de principio a fin. Recordarte lo que supone tenerme al otro lado, haciendo que los kilómetros pesen tanto y tan poco a la vez. Reconozco que la cosa se puso dura, cuando los secretos se fueron al ritmo en el que el borde de la camiseta se elevaba a los mismísimos cielos. Cuando dejaste de resistir para perder todo control; para sostenerlo entre tus manos, que eran mías. Los susurros se acentuaban, y ya estaba empezando a resoplar bajo amenazas que lejos de frenarme me incitaban. Pero es que no hay quien frene la vida propia que tienen mis dedos, conducidos por tu voz. El puro vicio del sonido, en medio de la nada. El que te hace actuar, bajo proposiciones que suben y bajan el tono, que directamente se cuelan. La verdad es que nadie puede dictar dónde estoy. Tú te quedarás conmigo hasta que esta noche me haya saciado. Mañana seguiremos teniendo deudas pendientes.

Desechos.

 

La otra noche, con Quique (González) de fondo, esperando que Rufus hiciera acto de presencia, recordé aquello del “nunca dudé de ello”. Dejé que el ladrón fuera la víctima al oírlo, al pronunciarlo. Me cerré los ojos, se los empañé y le hice subir escaleras de dos en dos. La subida fue tan temprana, tan voluptuosa, con ese furor imparable que ya no sabía de marchas atrás, que la única salida era la estrepitosa caída. En picado. Contra el suelo. Se desplomó, empujado por las dos caras de una misma moneda que nadie quiere ver, cuando dice que mira. Tuve las mejores vistas, y quise caer al vacío, ni una, ni dos veces, sino todas. Para sentirlo, en el momento que tenía que hacerlo. Para vivir a tiempo y no a destiempo. Para negarme a escuchar más, para evitar ser más. Quería menos, cuando solo había una única dirección que tomar. Y lo intenté, sellar puertas, ventanas, persianas; cerrar noches a medias y saldar cuentas del pasado. Y no lo conseguí, no evité la tragedia. Simplemente pasó, justo delante. Fue tal el ruido, el estruendo, que instantes después todo se quedó en silencio. Vacío. Instantes después las dudas, que no existían, inundaron el lugar. Lo devastaron todo. Salieron para arrasar y se llevaron los cimientos, endebles, que seguían sin estar a prueba de bombas. De pronto todo explosionó. Huiría, lo hice tantas veces que esta solo sumaría otra. Me marcharía lejos de mí, con tal de no hacerle frente. Con tal de no sacar valentía ante lo que está fuera de todo control. Pero me quedé, esta vez me quedé. En medio. En medio de todo lo desperdiciado, de lo no entendido, del ayer que golpeó con más fuerza al hoy. En medio del desastre. Pero no para volver a empezar, sino para vivir de los desechos. Para ser parte de ellos.

De tres en tres.

Desperté en el sumidero de la incredulidad. Llena de medias verdades, que no son más que mentiras que se dejan ver a altas horas de la noche. Que entre medias de rejilla y tacones de altura se asoman. Pequeños cobardes que se transforman en inmensos hipócritas. Que se dan de cara en su propia fantasía y se rompen en mil pedazos ante una de las mías. Y desde entonces me tomo los tragos de tres en tres, poniendo a prueba mi capacidad de invención y la resistencia de lo infalible. Si es que hay algo que lo sea.

Incluso ahora.

Cuando él y yo hablamos lo hacemos mediante giros inesperados que buscan distraer al otro, seducirlo es solo el efecto colateral de tanta carga. Lo pensamos todo y se queda al descubierto lo que nos permitimos. Esquivamos las miradas que penetran la piel, porque ya hemos jugado demasiado a estar dentro. No mezclamos al ayer en asuntos del hoy. Dejamos esa distancia prudencial, que nos controla… Mierda, otra vez. Simulamos no saber nada, para poder oír y verlo todo. Nos sabemos, antes de empezar, pero nos hacemos los locos. Se me escapa una mano; dónde está la marcha atrás. Quiero volver, digo. Quiero volver al otro lado de la calle, abarrotada con la explosión del reencuentro, pienso. Y mezclarnos y perdernos y no vernos. Pero no. Confío en que sea solo eso, impacto. Esos momentos posteriores al choque frontal, dónde no puedes reaccionar y te quedas aturdida. Del que pareces despertarte instantes después. Y así es, la marea sube al ritmo de los dos. Nos ahogamos antes de poder incorporarnos. De pronto no hay palabras que hagan justicia. Ojalá pueda cruzarte, con luz y furia. Viendo al orgullo aparecer, la fe ciega y la confianza despertar. Confirmando que hay instantes sin guion, improvisados, incontrolables, que son todo debilidad, incluso para nosotros, incluso ahora.

Justo eso.

Y es justo eso lo que le hace destacar, explotar en mil pedazos y que admire por igual cada uno de ellos. Cambiar el final y la reacción al cuento, el perverso, el inquietante, el que te deja maravillado, el traumático, el perturbador, el espléndido, el oscuro. Cada renglón que conforma sus páginas, cada sorbo que vacía su botella. Darle la justa importancia al dolor, evitar el cambio de actitud, afrontarlo como viene y no huir. Rebuscar y consumir lo que hay, cómo lo hay, sin dudas. Enfrentar la realidad cómo está, y no pedir más si se quiere menos, y no dar menos si se quiere más. Eso de ir buscando, sin saber muy el qué, pero recibir finalmente lo opuesto. Plantarse de cara con la negación, confesando que no sabe qué hacer con ello. Ojalá no haberlo poseído nunca o dejar de tenerlo, no por el hoy, por el mañana, por el pánico a caer en lo de siempre. Reescribir el siempre, no contabilizar. Ser testigo y cargar con el peso, dejando que pierda fuerza con el tiempo. Que se esfume toda responsabilidad. Que nadie lo entienda, perder la fe en los largos plazos, y verse sumida en una monotonía agonizante que desgarra la sintonía de la posibilidad sin garantía. Liberar, físicamente, la búsqueda de experiencias y atarse a la emoción cómo única, exclusiva, condición. Entrar en pánico al escuchar que alguien más lo sabe, eso o aquello, lo de más allá. Comprender que duelen más las charlas inconfesables, con pinceladas de vivencias, que una noche a la luz de las piernas de cualquier otra. Dos que juegan a hacer lo que otro quiera, se divierten complaciendo, clavando miradas indiscriminadas, cumpliendo la fantasía de sentirse poderosos, por encima del contacto ajeno. Permitiendo que ciertos personajes secundarios se cuelen en pleno rodaje. Saberse suyos, entre cuerpos extraños, grabándolo encima del otro cuando hay un reencuentro y la única corrida de la noche va de su cuenta. Saciar lo que nadie más consigue. Tratar de esconderse y colarse entre la multitud, pasar desapercibidos, fingir no conocerse hasta las entrañas y negar pasar las mañanas enredados entre el café y el aire, frío, que entra por la ventana. Él con sus manos por dentro de la camiseta acariciando de forma pausada pero intensa sus pechos, recreándose en el contorno e incidiendo en el centro. Ella con los dientes en su oreja, mordiendo y susurrando lo que quiere para el desayuno. Las tardes cuestionándose lo que no se planteaban, soltándolo todo. Provocando cuando no toca, y dejando la miel en los labios que agonizan entre sábanas que recuerdan. Simulando que la exposición de fotografía, de la vuelta de la esquina, no fue el último lugar de encuentro para buscarse entre imágenes distorsionadas, focos ladeados y miradas desde arriba.

Que no, que nunca se han visto de más, ni se han dedicado horas por puro interés. Que nunca fueron nada. Al menos nada que se pudiera contar.

Contraportada.

Déjate sorprender, embelesar, fascinar. Despliégate, tensa lo indecible, da la vuelta y sitúate del revés. Boca abajo. Juega con el temor, llénate de valentía. Intensifica cada acción, memoriza las repercusiones, no las olvides. No te ciñas a ningún guión, piénsalo todo y vívelo hasta el extremo. Expón, dispón, clarifica y distorsiona. Deja que lo haga incomparable, déjate ser irremplazable. Vívelo, desbordante sensación de plenitud. Concédete, concédele lo que antes no era posible. No midas, no reprimas, no existe el tiempo, ni el espacio. Provoca hasta a la última hebilla de su pantalón, hasta al cuello de su camisa. No des opción, enloquece y ten la cordura que la magnitud merece. Hazlo tuyo, cada ciudad, cada rincón, cada compás, la sábana entre las piernas que roza el final de tu espalda, la mampara de la ducha, las vistas de su terraza. La caricia a través del encaje, la sonrisa que choca con sus labios, las buenas noches sin hablar. Sé volcán en erupción, el epicentro del terremoto, una fiera indomable. No esperes a lo que viene después. Deslízate, escúrrete, pero atrápate siendo libre. Ríete de quién habla de fidelidad impuesta. Sé más tú, por ti y con él. Quédate con todo. No te arrepientas, no te rindas. Sé consecuente mañana, de lo inolvidable del hoy. No pierdas el tiempo, sé la intensidad del minuto a minuto. Desgárrate y cúrate. Deja algo pendiente, búscate, no renuncies ni aceptes menos. Marca la diferencia, el punto de inflexión. No sustentes en imperios frágiles tu visión, tu norte, tu unión y la pierdas en un suspiro. Hazlo en un gemido. Inspírate, con la presencia y en la ausencia.

⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Créeme.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Fíate por una vez.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Merece la pena.

Sabor a vicio.

Hazlo.

Pierde el control, déjale que lo tenga, disfruta del sometimiento. Di que sí, aunque suponga desarmarte. No esperes, no des tiempo, no busques el momento correcto, la situación oportuna. Fállate y recompénsalo después. O no. No dejes cosas pendientes, las personas de entidad no necesitan excusas para volver. Vuelve o no aparezcas nunca más. No te despidas. Dilo, no te andes con rodeos, no te calles nada. Dilo antes, por si no puedes hacerlo después. Muéstrate dispuesta y niégate en rotundo si no lo deseas. No pierdas el tiempo. Desea todo lo que quieras, no renuncies a nada y no hables de orden cuando todo es un caos. Recházate y acéptate tantas veces como haga falta. No guardes en un cajón tu necesidad, excédete. Continuamente. Quédate por encima de cualquiera, sé demasiado para todos, y adéntrate en otros mundos para buscar excepciones. Destrúyete, explota. Prueba la soledad y renace en ella. Convierte en sensualidad, eso en lo que nadie repara. Que no te pongan condiciones. Niégate a ser otra persona, cuando quieres ser esta. Olvídate de renunciar, de falsear, de agradar. Nadie que merezca la pena se vende, se destruye y reconstruye en función de quién esté al lado. Ambiciónalo todo; para obtener menos ya habrá tiempo. No te muestres conforme, cuando no lo estás. Ladra y muerde, cómo nunca. Mantén tus secretos a salvo y comparte sus pinceladas. Déjate probar y márchate antes de consumirte, por completo.

Deja el sabor a vicio y un puñado de recuerdos.