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Inmortalidad.

Qué cantidad de versos le debo a la inmortalidad. Llamó a mi puerta un día de invierno, en el que necesitaba fricción, una dosis de deseo, para superar ese frío que te cala los huesos y te congela las ideas.

Le debo noches en vela, creyendo que la eternidad era el único vehículo posible al que querer montarme, evitando incluir sus piernas. Besos que me recuerden el modo en el que incidió encima de las incertidumbres, propias de la edad. Nostalgia. Represión, ignorancia e inmadurez.

Le debo más complicaciones, las que requiere saber que nunca vas a morir del todo mientras te sepan tocar. Puñado de alternativas en busca de consuelo. Muchas caricias con la lengua, que humedecen mis sentidos, insaciables en cuanto a batallas que ganar.

Y si lo quieres saber, te lo diré: he bailado despacio entre las sábanas inexistentes que envuelven cuerpos cubiertos de tus manos, las mismas que parecen multiplicarse. Sintiendo cada uno de los dedos, incrustarse, entre las curvas cerradas de cada travesía. Perdiendo la dirección, para desviarse por alguna carretera secundaria donde poder ganar tiempo.

Cae la noche, y las señales se oscurecen. Comenzamos a hablar claro, porque en medio de un sin sentido hay que encontrar algo a lo que agarrarse. Nos agarramos. Qué bien nos entendemos, de pronto. Cuando las palabras se escurren y se dejan caer junto con la ropa. Que bien nos va entre jadeos indiscriminados. Como nos importamos cuando se trata de profundizar, de ser pequeños incansables que se sacian del otro sin entrar a debatir motivos.

Explícamelo, otra vez, venga, vamos, vuelve a susurrarme esas cosas que nunca entiendo del todo. Acércate un poco más, que mi cadera no ha acabado de oírlo. Y tus labios quieren incidir en ello. Los noto, los veo, los razono, los siento a medida que se cuelan entre las mismas piernas que separo sin necesidad de peajes que saldar.

Tú y yo, que siempre encontramos el modo de chocar frontalmente. De un golpe seco, sin excesivos daños colaterales pero con un gran estruendo interior. Sin reclamos que sirvan. Sin seguros, más que agarrarnos hasta que no podamos evitar soltarnos. Agárrate, que vienen curvas y no voy a titubear si se trata de pisar el acelerador. A veces cerca, en otras con mayor distancia, más lejos, y vuelta a la cercanía. Pega un frenazo, ponte en marcha, mete primera, provocando un desconcierto que no me de tiempo a asimilar. Descontrólame. Deja(me) huella.

Sonríe y adivínalo, cambia el semblante después de sentirte atacado; cuantos mordiscos y arañazos insinuantes. Pierde la cabeza y trágate las palabras, dámelas a mí. Las guardaré justo entre los mechones de pelo de los que no eres capaz de soltarte. Tira, más fuerte, y subraya lo importante sobre el cuello. Descolócame, y salta la línea. Atrévete a contarme el final, antes de llegar a él.

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Algo de sinceridad.

Estoy repleta de luces y sombras.
De rincones con exceso de ocupación,
y otros desiertos.
Estoy llena de lugares clausurados,
y puertas abiertas.

Me cuestiono todo,
y no me pregunto nada.
Me voy consumiendo,
al ritmo vertiginoso de la luz;
sin dejar de ser
más noche que día.
Mas oscuridad.

Escucho las canciones de siempre,
como nunca.

He perdido más que ganado;
pero mis vistorias se recuerdan
y las derrotas ni me rozan.
He claudicado en sueños,
ante lo que no me atreví ni a pronunciar.

Estoy oculta bajo capas de seducción,
que se desprenden con pasión.
Me desarmé,
para poder recomponerme.
Y ya he dejado de cuestionarme la valía,
para centrarme en la osadía.

Vivo en esa contradicción,
que tiene un fondo de certeza, indiscutible.

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No lo hagáis.

Nunca escribáis palabras vacías,

ni os comprometáis por presión,

ni aceptéis por tradición.

No hagáis lo que debéis,

si no es lo que queréis.

 

No permitáis que el miedo

os haga prisioneros.

 

Sed únicos, no imitéis.

Sed auténticos, no patrones

que se olvidan de forjarse una identidad.

 

Nunca digáis,

afirméis,

neguéis,

cuestionéis,

o reclaméis cosas

que no sois capaces de sentir.

 

Nunca pronunciéis un “fuimos”,

cuando el “somos” está tan latente.

No olvidéis si recordáis,

cada día, un poco más.

 

Cuidad las expectativas,

de quienes aún no os han dado alicientes.

 

Mirad con recelo las líneas

que un día escribisteis.

Con envidia.

Y deshaceros en elogios,

para quién,

supo darles sentido.

 

Porque, siendo justos,

que son las palabras

sin contenido,

sin trasfondo,

sin almas,

sin destinatarios,

sin inspiraciones

hechas carne y hueso.

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Final sin principio.

Menuda reacción la de aquel día. Esa mirada que me recorría de arriba hacia abajo, o más bien de abajo hacia arriba. Que no se centraba en ningún punto en la primera pasada y tras la segunda ya no supo moverse del juego que daba mi cintura, bajo la tela que todo lo ve, por el contoneo de la música.

Que pronto me viste musa, de un deseo irrefrenable. No se sabía dónde terminaba el tuyo y empezaba el mío. Bendita confusión que dio para tanto. O nosotros, que nos reímos de lo fuerte que sonaban las ganas desde cualquier rincón de aquel bar donde juraste provocarme los orgasmos más eternos que experimentaré en mi vida, con solo mirarme.

Y me tocaste, sí. Con esa sonrisa que todo lo puede, que todo lo logra. Y yo volví a caer rendida entre el aleteo de mis pestañas y la fricción que los labios estaban ejerciendo entre ambos.

Yo ya te estaba besando mucho antes de cruzarnos. No hizo falta ningún movimiento, tú ya me estabas quitando la ropa, y yo solo sentía la seda que se quería desprender de mí.

Acariciaba con la yema de mis dedos el cuello, mientras sacaba el aliento agitado sobre tu tensa mandíbula. Te di el roce que sabe a gloria, contra esos labios a los que la gloria no podía hacerles justicia. Me recree y quise hacerlos interminables. Pero no, no me movía de mi puesto.

Seguía tus movimientos, que lejos de alejarme, nos tenían a ambos en un limbo. La frontera entre el hoy y el mañana, la noche y del día.

Quise rebasar la barrera, mirarte más de la cuenta había iniciado el auténtico despertar. Que ilusos los que creían que levantarse, ducharse y tomar café era despertarse cada día. No, nuestro cuerpo no es capaz de reaccionar hasta que llega el combustible idóneo.

Las luces se apagaron, el bar cerró sus puertas y nosotros nos fuimos con los camareros. Olvidándonos de limpiar para abrir al día siguiente. Quedándonos con los restos de algo, sin saber qué.

Cuentos lejanos, puzzles sin piezas suficientes para acabarlos, historias interminables cuyo final estaba más cerca que el  principio, disputas sin solución, debates sin partes contrarias, canciones sin sonido. Eso fue. Deseo sin culminación. Acabamos sin empezar. Tuvimos una muerte anunciada, antes de enfermar.

Pero, entre tú y yo, menudo final el de aquel principio.

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Noviembre.

No hay un mes más importante en mi vida, ni se suceden épocas más decisivas, que en Noviembre. Por una cosa u otra todo me lleva a estos días que atravesamos, a esta parte del año.

Tengo un vínculo, una relación especial, una conexión, un cariño y devoción por lo que supone. Puede ser la más pura coincidencia, la absurdez del destino o tan solo mi afán por buscarle una explicación. Sea lo que sea está presente.

Noviembre es ese mes donde nací, en el mismo que soplo las velas año tras años. Es el día 15. El que me ha visto crecer y en el que más adulta me hago por momentos. Es el mes que no te deja lugar a dudas, el que te lo resuelve con hechos. El de las palabras que todo lo pueden. Es el mes de los descubrimientos que te cambian la vida, que te hacen un poco más fuerte y te dan lecciones. Es el de las enseñanzas.

Noviembre es otoño, castañas y sidra dulce. Son las tardes con cafés rebosantes, y los libros a medio abrir. Es el mes en el que reescribo mi historia, el punto de partida y la meta. Es el mes de la lluvia, y los besos húmedos. Es el de los viajes inesperados.

Noviembre es el mes de Arctic y Leiva. El de Madrid y el Templo como escenario clave. Es el de las primeras últimas veces. El de puedo con todo y la carga se hace menos pesada.

Noviembre es el mes de G, la lasaña y las noches en vela. El 27. Es el mes de las persianas a medio cerrar, la luz de las farolas y la tormenta que se deja oír en cada parte de mi cuerpo. Es el de la felicidad en estado puro. Y el que te enseña que no necesitas buscar para encontrar. Que hay cosas inolvidables.

Noviembre es el mes del que no me quiero despertar. El que nunca falla. El que tomo como referencia para empezar y acabar el año. No sirven lágrimas a destiempo, ya tendremos un diciembre para pisar charcos creados por nosotros mismos. Hoy toca mirarse en su reflejo y  joder, que bien me sientan los rizos rebeldes, los labios rojos y el otoño rodeándome.

Noviembre es uno de esos meses que vives, porque no encontrarías mejor estación en la que quedarte que cada uno de sus días. Y te volverías a fugar cuando estos se diluyeran. Para regresar en cuanto volvieran a asomarse.

Noviembre son mis 30 días de película, aunque para él yo solo sea una de sus espectadoras.

 

 

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Valió la pena.

Sabría hacerlo, eso de prometer más de la cuenta. De dejarte fuera de juego mientras escalo por tus costillas y me hago inquilina de tus costados. Nunca prisionera, libre, inocente, sin indultos, simplemente excusada de cualquier sospecha.

Podría abandonarte y echarle la culpa al miedo. Presa del pánico; no necesito fingir demasiado para sentirlo. Matarte de un ataque al corazón y alegar defensa propia por los daños, irreparables, que dejaste en mí. O por tú intento de ataque en ese preciso instante, con tus labios como armas blancas a punto de entrar a matar.

Querría aparecer por tu espalda y susurrarte al oído que hay un millón de huellas, con truco y sin destino, que van haciendo caminos a ninguna parte, incrustadas en la superficie de mi piel. Que las analicen, que son tuyas y las has grabado a fuego. Jugaste con alevosía, encontrando incentivo por un par de movimientos al uso que solo te dejaban con ganas de consumirme.

No evadas tu responsabilidad. Se valiente, por una vez. Deja de huir que tengo la marca de tus dientes y muchos testigos, a los que acudir, en tus sueños. Ellos demostrarán cuánto hay de verdad en el castigo que ha supuesto tu despedida. Que me cuelo en ellos, sin dudarlo, y te lleno de olvidos que nunca llegan, de pesadillas perpetuas que representan derrotas sin tiempos de descuento, ni prórrogas.

Siempre te quise libre y ahora los barrotes en los que elegiste conformarte me impiden verte. Compartes celda con los temerosos, a los que les vino grande la hazaña que suponía enamorarse.

Podría ser aquella que entona el mea culpa, o decide evadirlas y hablar de ti como un delincuente emocional que me arrastró a su mundo. Sin darme opción, coaccionándome.

Que yo solo fui un daño colateral, de esos en los que no reparas hasta que ya no te queda nada a lo que agarrarte.

Sí, podría victimizar a cada una de las prendas que dejé sobre tu suelo. Sería capaz de hacerlo, agarrarme a la ingenuidad para olvidarme de que fui la artífice del primer paso, y del segundo, del tercero, puede que del cuarto y nunca más supe retroceder.

Que no pedí permiso para coger impulso; y yo, yo mujer impulsiva en busca de retos que me dejen sin habla, no vi oportunidad mejor para acabar lanzándome. No, no al vacío, sino a tu mar de dudas, que moja y aturde a partes iguales. Ese del que me quedaría enredada en cada uno de sus oleajes y me mojaría hasta las entrañas.

Con la ansiedad a cuestas, devorarlo, hacerlo mío y dejarle una huella, que ni la marea sea capaz de arrastrar al olvido.

Valió la pena, valía la pena, vivirlo.

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En movimiento.

Una foto, de aquella noche que se hizo eterna, volviendo a casa de madrugada de la mano, alumbrados por las farolas. Atándonos a ellas para dejar que nuestras bocas, iluminadas por su luz, hicieran un tributo a la oscuridad tapándose mutuamente.

Aquella del momento en el que sonreíste sin motivo aparente, mientras nos dejábamos deslumbrar por la magia de los fuegos artificiales. Con el agua iluminada y los ojos como platos.

La de los pelos alborotados, en aquel hotel de mala muerte, en el que acabamos tirados en el suelo; y es que no había espacio suficiente en la cama para nuestras ganas de querernos.

La del vestido negro y la espalda al aire, en la que intenté mostrar sensualidad más allá de ti, y acabe muerta de ganas de arrancarme la tela y cambiarla por tu piel sobre la mía.

Esa en la que tu mandíbula y mi clavícula se hicieron protagonistas. Una sobre la otra; todo sobre ti.

La de tu, sexy, barba de tres días; quién sabe si en realidad eran cuatro o cinco. Nunca he llevado la cuenta de las ocasiones en las que el afeitado acababa en intento frustrado.

Esas que me hiciste durmiendo, con mi cuerpo danzando entre las sábanas blancas, únicamente tapado por ellas. Descarado, irreverente, sin pudor alguno.

Noche de copas, el bar de los sofás y la diminuta pista de baile donde el contoneo te dejo malherido. Captura, inmediata, del instante en el que diste un trago a la rubia que sostenías entre tus manos.

Nuestra mesa de desayuno, previo a arreglarte la corbata frente al espejo. Momento cruasán mojado, café caliente y enredos varios.

La última fotografía antes de acabar el año, con tus amigos de invitados estelares. Mucho tumulto, poca atención. Mucho ruido, poco sonido. Tu brazo sobre mis hombros y mi cara de: “Quiero más, más años, décadas, vidas; para compartirlas contigo.”

Esa en la que sale más de nosotros, que de ti y de mi.

La de las vistas, que ocasionaron estragos en las expectativas de futuro. Que nos dejaron encarcelados, entre un mar de incertidumbres cuyos barrotes limábamos cada vez que tenías que enfrentarnos a la despedida.

Te preparaste, colocaste tu atuendo esperando a que se apretara el botón que condujera a la instantánea más idónea. Una que poder colgar en la pared del salón, al lado de la tabla de surf.

Y yo, me quedé esperando, después de unos cuantos intentos movidos, de la distorsión del enfoque o la falta del mismo. Hasta que nos percatamos de que es así, en plena revolución, como deberíamos hacer justicia al reflejo de lo que somos. Que las fotos no mienten, que somos nosotros. Fuegos artificiales, juntos.

Dos fieras, imparables, en continuo movimiento.

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Ella.

Igual perdía más de lo que ganaba; o se daban tantas victorias en las que no veía el triunfo obtenido, por ningún lado, que decidió dejar de contarlas.

Puede que creyera saberlo, a pesar de no entenderlo; o que entenderlo no entrara en sus planes.

Quizá callaba más de la cuenta; o tenía cuento para rato.

Es probable que lo conociera todo; pero todo seguía sin ser suficiente.

O que quisiera quererlo; pero no podía hacerlo.

Quién sabe si tenía solución; o si la solución pasaba por ella.

Presumía de no recordar, mala memoria decía; sin percatarse de que estaba toda ella hecha de recuerdos imborrables.

Daba lecciones sin pretenderlo al que se cruzara en su camino; puede que solo tirara de sabiduría porque no conocía otro camino.

Se refugiaba en brazos ajenos, que se alejaban de su concepción de hogar; o puede que no conociera lo que ello implicaba.

Se dio de bruces tantas veces contra los mismos muros que aprendió a saltarnos; o los destruyó con el coraje de los que deciden dejar los rodeos para los débiles.

La conocí y me despedí de ella el mismo día en el que decidí llevármela a conocer otro modo de vida. Otras convicciones, otras aspiraciones.

Le dí un par de alternativas y escogió las dos, haciendo eco de su ambición; pero sin quedarse con ninguna.

Destruyó, reconstruyó, sentenció y se apasionó. Desobedeció mis recomendaciones, creo sus propias salidas y se escapó por ellas.

No supo encontrar el camino de vuelta; o quizá nunca quiso volver.

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Sonríe falsamente.

No tienes motivos suficientes como para dejar de arrastrarte ante aquellos que se creen dueños de algo. Ellos son tus superiores, vosotros, como súbditos, entráis dentro de sus competencias. No hay más, no te cuestiones más.

Riendo las gracias ante sus hazañas, inigualables, en los patios del colegio, en el parque de la esquina, tal vez en alguna fiesta. Haciendo espectáculo para que todos sus siervos rían falsamente. Si, igual ese que no es capaz de asentir al son, y pierde el compás, se sale de las líneas y crea unas propias, merece ser el centro de atención. Mantente quieto, ellos se encargan, tú solo sonríe. Ríe, comenta. Y vuelve a sonreír falsamente.

Hazle la zancadilla al pasar, que visite el suelo, a poder ser con su cara y que todos lo vean. Tápate los oídos, entre los sollozos y reclamos tan banales que logra pronunciar tras la caída. Nada de piedades; a por el siguiente.

Recuerda, en tu casa (y en las suyas) os han enseñado que la integración es comerse al débil. O al irreverente, que no se ciñe a lo establecido. Si ves algo fuera de lo “común”, atácalo; no vaya a ser que te perjudique. Te contagie algo, te obligue a ver más allá de tus narices. Ten cuidado.

Desde que naces, hasta que mueres eres un ser superior. Tu color de piel (blanco) tus ideales (lo que siempre se ha hecho), tú género (las cosas hechas exclusivamente para los hombres, las que se les atribuyen únicamente a las mujeres), tu condición sexual (heterosexual), tu estatus (cuanto más dinero y apariencias, mejor). Son los únicos motivos que necesitas conocer. Si alguien difiere en algún punto, o no lo lleva a la altura, por favor acaba con él. Es insoportable su mera existencia. Intolerable.

Participa, y aprovéchate de la mayoría. No vayas a sentirte una minoría desplazada que eso no está bien visto y puede diferir con lo preestablecido.

Cásate, haz una carrera de hombres y/o ten hijos antes de los 26 como buena mujer de familia, respetable. Lo que debes ser. Plántate en los 30 cansado/a de tu vida, sin luchar y dejándote arrastrar por lo cotidiano, sabiendo que no hay salida. Hazte respetar, no pueden verte malherido, reconstruyéndote. Eso, tampoco está bien visto.  No se puede volver a empezar, no hay cambios justificables. No hay más allá.

Mira para otro lado y sonríe ante cualquier conflicto, dite que no te necesita que ya vendrá algún héroe en paro a salvarle, que de cobardes está el mundo lleno y que tú te empeñas en liderar la lista.

Pero en el momento del final, justo en ese instante, no le des la vuelta al guion de tu vida. Tú no has hecho nada, la culpa siempre es de otro. Así que mientras unos claudican un perdón que no sienten, tú sigue sonriendo falsamente.

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Placeres.

Nos habíamos vuelto improbables, seguramente más imposibles que posibles.
Más soñados que vividos.
Más ficticios que reales.
Pero, siempre, irremediablemente apetecibles.

Hablamos de los placeres como si fueran de un extremo a otro, o son tangibles y te los puedes llevar a la boca, tocar con las manos o agarrar con fuerza; o simplemente radican en la inmensidad de cosas tan abstractas y ambiguas como la felicidad que te proporciona algún acontecimiento.

No nos paramos a pensar que existen placeres cuyo título lleva inmerso la posibilidad de hacer algo; sí, creamos placeres incluso sin darnos cuenta. Vamos, ¡hagámoslos!

Sin ir más lejos, la inmensa satisfacción que nos otorga el querer a alguien. ¿Nunca habéis sentido que necesitáis, con toda vuestra alma, querer a alguien con locura? Que lo hacéis, de hecho, ¿y eso mismo os proporciona un placer indescriptible? Tienes tan claro que es algo grandioso, que no te cuestionas el nivel de implicación, porque a mayor profundidad más hormigueo recorriendo todo tu cuerpo. Más intensidad, más convencimiento.

De pronto todo es una aventura, verle haciendo cualquier cosa, tocarle al pasar por su lado, acariciar su espalda, deslizar las manos a través de su torso, el roce de tu nariz por su cuello, el desliz de tus labios por su mandíbula hasta encontrarte con su boca entreabierta. Dientes, y más dientes, mordiendo las partes de piel que se van topando en tu camino. El juego de caricias, las sonrisas cómplices, tus dedos enredados en su pelo. Un abrazo, un suspiro, una mirada. El olor de sus camisetas, lo bien que te sientan las gorras que le regalaste en su último cumpleaños.

Todos y cada uno de los detalles que se convierten en placeres, pasajeros o no. Porque si logras hacerlo bien una vez es suficiente para no olvidarlo, y quedarte con esa sensación de plenitud. Con su sabor corriendo por tu boca, por tus venas.

Pero hay más, no penséis que esto se queda aquí. Hay mucho más. Verle triunfando, cayéndose y levantándose, tirarse a su lado confiando que si uno no puede quizá uniendo fuerzas tendréis alguna oportunidad. Escucharle hablar, sobre cualquier tema que le preocupe, le inquiete. Defender sus ideales, esperando que nunca los pierda. Pensar en el futuro, viviendo un presente del que pocos creerían la magnitud. Planes, darle el gusto de fantasear, probable o improbable, pero nunca imposibles. Darle la razón y quitársela en la frase siguiente. Evitando que se relaje, pensar cuando estarás dispuesta a una siguiente tregua y qué te cambie el día. Improvisar. Que llueva y siempre caiga encima, mojarse hasta calarse, que se empape.

Hay placeres que no tienes posibilidad de cuantificarlos, que no son abstractos, pero tampoco podemos hacer de ellos algo palpable. Solo se crean, los creamos, entre nosotros. Solo entre nosotros.